Fecha de publicación: 20 de marzo de 2026
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—La perfección no existe, es un ideal inalcanzable… Además… ¿qué es la perfección? ¿El concepto sería el mismo para mí que para vos? —le dice Marian mientras acomoda la cortina blanca con puntillas que colgaba de la ventana.
Ella la mira con desconcierto, allí sentada en un sofá gris mientras sus pies chocan continuamente con un suelo aún muy frío por ser marzo. No sabe qué responder. Sus pensamientos van de un lado a otro. Pesados, confusos, asfixiantes.
—¿No me vas a responder? —la increpa Marian, quien ahora está pasando una mano sobre el polvo que acumulan los libros de la estantería.
—Es la primera vez que lo escucho…
Marian gira la cabeza levemente, pero no logra mirarla, mientras con el pie patea una pequeña pelusa que cayó de la estantería.
—Es decir… es la primera vez que alguien me lo pone en palabras, así, tan brusco, tan conciso, tan certero. Claro que sé que es una utopía, pero… ¿Cómo se hace para no querer alcanzarla? Es como cuando de niña te das cuenta de que, según te mueves la luna baila a tu ritmo, ¿cómo no querer atrapar ese cielo, esas estrellas, esa oscuridad?
—¿Oscuridad? —pregunta Marian, quien ahora tiene un trapo en la mano y aprovecha para repasar cada uno de los ejemplares que hay allí expuestos.
—¿Te acordás cuando de chiquita te pedía que siempre me hicieras las carátulas del colegio porque dibujabas mejor que yo?
Marian carraspea y aprovecha para tomar el cojín que hay en el sofá y estrujarlo con todas sus fuerzas para quitarle el polvo.
—¿O cuando llegué a casa contenta y me puse a hacer la tarea con la lapicera nueva porque ya era lo suficientemente grande para dejar de escribir en lápiz y mamá…?
—¿Me alcanzas la escoba? —la interrumpe Marian.
Ella mueve los dedos de sus pies y lentamente sus piernas, las cuales parecen dormidas. Se levanta y coge la escoba con la pala.
—Me arrancó las hojas, ¿sabés? Me arrancó todas las putas hojas que estaban escritas con lapicera porque no había utilizado la de tinta, sino una bic normal y corriente. No tuvo cuidado con el cuaderno, simplemente las arrancó, las rompió en mil pedazos y después hizo un bollo que tiró en mi cara.
Marian engancha sin querer la escoba con la alfombra que hay debajo de la mesa ratona y todo parece tambalearse por un momento.
Ella intenta mirarla a los ojos, mientras con una mano ataja el adorno de porcelana que había encima.
—Uhh, menos mal que no se rompió, si no, tendría que haber ido a buscar la aspiradora para limpiar todo este desastre…
—¿Cuál de todos los desastres, Marian?
Marian se agacha a recoger la basura con la pala, no quiere mirarla, no puede mirarla…
—Me pegó, ¿sabés? Me encajó un bife en el medio de la jeta solo por no haber utilizado la parker a tinta. Y vos ahora me venís con estas preguntas o conjeturas intrascendentes. ¿Cómo te atrevés a decirme que la perfección no existe?
A Marian le tiembla la pala que lleva en la mano; sigue allí, en el suelo con la cabeza gacha. Ella se pone a su altura y le levanta el mentón con su mano derecha. Se miran por primera vez desde que comenzaron a hablar. La ayuda a dejar la pala y a incorporarse. Entre las dos recorren con sus enormes ojos ese espacio que alguna vez las vio crecer.
Marian recoge la pala mientras ella saca del bolso, que había quedado colgado del respaldo del sofá, una parker a tinta.
Sus miradas ahora se reconocen. Ella coloca la lapicera sobre la pala y Marian sabe, por fin, que ahora sí puede sacar la basura.
Maui Barone
Marzo de 2025
Taller de escritura quironiana